Como un haz de luz, se posó sobre el dintel y predicó sus augurios a quien urgía en correr.
Huía, huía. Pero él lo seguía.
Gritaba, corría, lloraba.
Pero aquel no lo dejaba.
Siguió y siguió; hasta su muerte lo asechó.
Lo condenó, enterró y veló.
Cantó posado en la lápida
sin que la hora se hiciese más rápida.
Ahora, ¿a quién acosaría?
Su única víctima bajo tierra perecía.
Adiós, adiós.
susurraba a los vientos.
Y sin más pensarlo exhaló sus últimos alientos.
miércoles, 12 de mayo de 2010
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