lunes, 24 de mayo de 2010

Acoso.

Él se pronunciaba sobre mi, iracundo, en frenesí tal y como un animal exento de razón
-Ahora, no te resistas ¡Perra!

Me quedé en silencio, soportando sus toques y roces.
...Era tan desagradable sentir su corpulento ser babeando y respirando sobre mi, balanceándome una y otra vez a su disposición.

-¡¿Qué?! ¡¿Por qué no gritas, Puta de mierda?!-

Tuve que hacer caso omiso de sus palabras. No quería darle en el gusto. Menos si me trataba así.
Dolía, dolía... Sus macizas manos sujetaban fuertemente mis muñecas, sentía como la circulación se interrumpía y mis manos se entorpecían.


Al rato cedió y acabó.
Jamás olvidaré aquella repugnancia que sentí...
Odié tanto aquel momento...
El sudor ajeno sobre mi pecho, saliva en mi abdomen y demás.
Tan... tan repugnante.


A la mañana siguiente me dejó ir.
Me abandonó a mi suerte al costado de una tienda comercial, sin ropa, sin dignidad.







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